La mirada de un niño

Había una vez un niño que tenía la mirada perdida. Siempre andaba de un lado a otro sin saber muy bien a dónde ir. Todos se preguntaban por niño ausentequé actuaba así, qué le hacía estar tan ausente de este mundo.

Sus padres preocupados por esta situación decidieron buscar ayuda, para averiguar qué estaba pasando.

Este niño, llamado Tomás, de ojos oscuros y piel clara vino por primera vez a visitarme y se sentó en el sillón de mi consulta, mirando hacia todos lados y sin saber muy bien que hacía aquí.

Me decidí a no preguntarle por lo cotidiano, por lo de siempre. En su lugar, me senté a su lado y comencé a representar a través de diferentes materiales como me sentía en ese momento. Al finalizar mi representación le pregunté ¿sabes cómo me siento? Y Tomás atónito, me miró y tras transcurrir unos minutos me dijo:

“Te sientes triste, enfadada preocupada constantemente y con pocas ganas de reír. Así es como se sienten todos los adultos”- Impresionada por la respuesta cogí plastilina y le dije: ahora represéntame como te sientes tú”.

Y Tomás, comenzó a manipular la plastilina de colores, y empezó a realizar una serie de figuras.

Al finalizar le pedí que me explicase qué había representado y mirándome a los ojos y con una leve sonrisa comenzó a decir:

  • “He representado un superhéroe porque me gustaría tener poderes mágicos para que los adultos aprendiesen a dar más abrazos y a confiar más en nosotros los niños”.
  • “He representado una cara sonriente, para que mis padres compartan más momentos de alegría y felicidad conmigo y no estén constantemente preocupados en que lo haga todo perfecto.”
  • “He representado un niño durmiendo porque me gustaría que los mayores me dejasen creer en mis sueños y me animasen a conseguirlos”.
  • “A veces me gustaría estar siempre durmiendo y en mi “mundo” para poder soñar libremente y que nadie corte mis alas”.

Y así, poco a poco, fui ganando la confianza de Tomás, acercándome a él y descubriendo que realmente no le sucedía nada, que a quién quizá le estaba sucediendo algo era a esos adultos que se pasan el día preocupados por exigir a los niños que cumplan a la perfección cada petición y que se ajusten a sus expectativas.

Es importante permitir que los niños sueñen, no robarles sus ilusiones, dejar que sean ellos mismos quienes decidan si continuar o cambiar de sueño.

Empecemos a reflexionar los adultos acerca de qué valores estamos transmitiendo. Riamos más con los niños. Reforcemos más aquellos aspectos positivos que poseen.

Y si un día ves a tu hijo ausente, distraído… pregúntate qué puedes hacer para acercarte a él y mostrarle tu apoyo incondicional.

Gracias Tomás por darme esa gran lección de vida.

M. Carmen Alonso

Psicóloga, Especialista en Inteligencia Emocional y Coaching

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